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Cada vez mas mujeres se reúnen en diferentes focos del país y del mundo para compartir el tránsito por el puerperio y la lactancia. Circulan los relatos, las preguntas, las vivencias, las inseguridades y temores, generándose un espacio único, que no se repite en otros ámbitos.

Hace poco constaté que el diccionario de la RAE define al puerperio como “el período que transcurre hasta que la mujer vuelve a su estado ordinario anterior a la gestación”. Esta definición me hizo abrir los ojos como un dibujo animado. ¿En serio esa es la definición? Nunca hubiera pensado que podía ser tan burda y estéril. Tal vez la esperaba un poco más académica, más profesional o tal vez, más científica. Lo cierto es que tampoco me hubiera satisfecho.

No es extraño oir que los hijos cambian la vida de las personas, ni es extraño ver dibujarse una sonrisa nostálgica en quienes recuerdan los primeros años de vida de su hijo o hija. Si bien se trata de una experiencia profundamente transformadora, se conoce tan poco sobre el estado femenino posterior al parto, que tanto mujeres como hombres se sienten indefectiblemente “sobrepasados” durante ese tiempo, en diversas y abundantes ocasiones.

¿Por qué es bueno hablar?

Hablar nos permite sacar a la luz nuestro mundo interno. Durante este período el mundo interno está, no solo movilizado, sino intensamente precipitado de emociones y sensaciones que no siempre alcanzamos a registrar. Con el nacimiento de un bebé, revivimos las emociones asociadas a nuestro propio nacimiento y primer contacto con el mundo, por lo tanto, los miedos e inseguridades suelen manifestarse con una potencia arrasadora.

Atravesar el puerperio sin hablar de lo que sucede en nuestro interior, es como andar a oscuras: podemos acostumbrar los ojos y tantear, pero en ocasiones, podemos sentirnos al borde de la locura, sin rumbo, agotados y confundidos, ahogados de sentimientos que no tienen nombre ni definición. Hablar con quienes atraviesan el mismo estado, es similar a abrir de a poco las ventanas que permiten el ingreso de la luz del sol, nos reconforta sabernos apoyadas y acompañadas. Ayuda a los varones a convertirse en hombres maduros y facilitadores de sostén, colaborando en la fusión entre la madre y el bebé. Hablar nos permite abrir el corazón al aprendizaje mutuo y vivir con mayor lucidez el puerperio, que es ni mas ni menos que un viaje iniciático, en el que al mismo tiempo que acompañamos a un nuevo ser humano en sus primeros años de vida con amor, reconfortamos viejas heridas relacionadas a nuestra primera infancia y evolucionamos a un estado de conciencia en el que la empatía, el altruismo y la sensibilidad abren las puertas a la integración de todos nuestros aspectos sesgados, negados u olvidados, los cuales, de persistir en la sombra de nuestra conciencia sin ser re-descubiertos, se manifestaran sin pedir permiso en la re-edición de viejos escenarios de nuestra infancia que, sin ánimo de calificarlos, pudieron no habernos ofrecido aquello que, en calidad de humanos, hubieramos esperado o necesitado.

Hablar para compartir, hablar para manifestar, hablar para no reeditar el pasado. Hablar para luego, poder escuchar. Para crecer y madurar. Las mujeres en la luna hablamos para resurgir, en la tarea sagrada de criar.

Natalia Ríos

Artículo escrito para Revista Mensaje de Texto
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