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Muchos dicen “te amo” y, al día siguiente, ofrecen un rechazo intencional, produciendo dolor al otro y sembrándolo para su propia vida. Esto no podría ser verdadero amor. Quien siente amor divino en su corazón, nunca lastimaría a otro intencionalmente.

Cuando el ego está muy marcado, ambos miembros de una pareja piensan en términos de “mío”, “yo”, “quiero”, “tengo”. Por eso se refieren al otro como: “mi media naranja”, evidenciando que cada uno es un ser incompleto que busca completarse, uniéndose a otro ser incompleto.
El pensamiento se vuelve posesivo y controlador: “Si el otro me completa, entonces es mío, es una parte de mi yo. Tendré que cuidar de que siempre quiera estar conmigo. Que no mire a nadie y si es posible que no hable con nadie más. Que no se embellezca porque podría atraer a alguien mejor que yo. Que no estudie, sino podría cambiar su forma de pensar. Que no trabaje, si no sería autosustentable y ya no dependería de mí. No podría controlarlo/a más”.

Así van aflorando todas las inseguridades del ego en nuestra mente, y sus inservibles mecanismos de defensa que producen ansiedad y angustia. Éste es el amor que el ego conoce, así opera y los resultados que obtendremos si nos dejamos guiar por él, son desdichados y amargos.

Cuando el sustento de los miembros de una pareja es el Espíritu, sucede algo muy diferente. Cada uno se considera a sí mismo “Una naranja entera”: vemos en el otro a un ser completo a quien queremos dar nuestro amor para crecer y aprender juntos. Siendo conscientes de nuestro accionar, meditando diariamente, podremos sustentar una base sólida para que nuestra pareja se desarrolle en su máxima expresión de amor y compañerismo.

La pareja es una de las relaciones más importantes. Es un “afinado espejo de mí mismo”. Podemos conocernos y superar nuestras limitaciones estando atentos a lo que vemos en el otro y en cómo lo procesamos. Una pareja espiritual tiene acción, aprendizaje, experiencias constantes, está en continuo cambio y movimiento, como cada ser humano, como el mundo, como la naturaleza misma. No podemos hacerla estática, no podemos detener su fluir, si no moriría su esencia, dejando solo la forma externa: una imagen de pareja sin verdadero amor.

Para que la vida de a dos sea enriquecedora, placentera y beneficiosa deberá estar basada en el trabajo espiritual, reconociendo que esto implica ser honestos con nosotros mismos y hacer el trabajo interno que sentimos apropiado para continuar avanzando.

Nuestras limitaciones emocionales no deberían esclavizarnos. Los celos, la posesividad, los enojos, la inseguridad son muestras de aquello que tenemos que aprender a superar. De esta manera, nos “autocompletamos”, evolucionamos, y dejamos de proyectar nuestras propias limitaciones en el otro.

Una pequeña práctica…

Hagamos un test rápido en este momento.
Inspirá profundamente y soltá el aire despacio, repetílo tres veces con los ojos cerrados. Luego continuá leyendo.

Ahora preguntáte silenciosamente y respondé espontáneamente con SI o con NO.

  • ¿Me gusta el lugar donde vivo?
  • ¿Tengo amigos y puedo estar con ellos cuando lo deseo?
  • ¿Disfruto de la vida sexual en la pareja?
  • ¿Le expreso con sinceridad al otro mis deseos y proyectos?
  • ¿Me alegra que mi pareja salga con sus amigos?
  • ¿Quiero que mi pareja evolucione y sea pleno/a?
  • ¿Reflexiono diariamente acerca de mi vida interior?
  • ¿Quiero que mi pareja sea realmente feliz?
  • ¿Estoy en paz cuando comparto un momento en silencio con mi pareja?
  • ¿Participo con amor en las tareas del hogar?

Cuando la respuesta a estas preguntas sea un SI rotundo y una sonrisa se dibuje en tu rostro, tu pareja es espiritualmente equilibrada. La respuesta negativa te indicará el aspecto al que debés prestarle especial atención y trabajar en vos ahora mismo.

 

 

Pedro Marano

espacioreiki@gmail.com
Articulo escrito para Revista Mensaje de Texto