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Lxs niñxs de hoy poseen una energía única, que puede ir desde la timidez total, a la destrucción. De la introversión a la desfachatez. Ellos/as nos están mostrando una falla social, educacional, familiar. Su alma grita pidiendo reconocimiento y flexibilidad. Y ahora… ¿qué hacemos?

La era de acuario nos recibe plena de originalidad, individualidad, comunicación y grandes interrogantes existenciales. Los niños y niñas son los “portadores del cambio”: transforman, desafían, modelan, rompen y se rebelan contra todo lo socialmente estipulado, incluso la propia familia o la escuela. Reclaman el pasaje a una nueva vibración, deshaciendo las tradiciones y sistemas sociales implementados de antemano.

Por su parte, las instituciones muestran una gran resistencia frente a este pedido sintomático, dando comienzo al auge de las famosas “etiquetas”, obligando a las criaturas a adaptarse o a sufrir la exclusión, lo cual las debilitará emocionalmente a lo largo de toda su vida.

La escuela hace un gran esfuerzo por lograr que todos los alumnos/as sean iguales: que todos aprendan lo mismo, que todos se interesen al mismo tiempo, que todos se comporten de la misma forma aplicada. Que todos demuestren respeto y solidaridad. Y en las familias, esto también sucede, prima el deber sobre el sentir. Aquí es donde las instituciones pedalean en falso: no teniendo en cuenta las capacidades personales y distintivas de cada niño y de cada niña. ¿Cómo podemos pedirles que muestren respeto, si sus mayores, sus guías y educadores pasan por alto estas grandes necesidades?

Estamos viviendo una transición. Antes, la diferencia se señalaba, era avergonzante, se mantenía en silencio, muchos le temían o quizás se sentían amenazados, pero hoy, ser diferente no representa amenaza alguna, los cambios se suceden vertiginosamente, entre marchas de orgullo, tribus urbanas y tecnología, cada uno es como es, con sus capacidades y preferencias: nuestros peques lo saben, no somos todos iguales. Es momento de valorar al individuo, porque es una parte esencial del todo.

Si nos aferramos a mantener las estructuras tal y como son ahora a través de los años venideros, no estaremos haciendo otra cosa que fomentar la discriminación, la incertidumbre y la falta de autovaloración en nuestros hijos e hijas, garantizándoles un futuro lleno de altibajos emocionales.

Hay que animarse a cambiar el aula y la familia, flexibilizando nuestras tradiciones y creencias (una gran lección de desapego); dando espacio para que se manifieste la diferencia y, por fin, tenga aceptación entre los adultos; conociendo los gustos de cada pequeño individuo, con el objetivo de fomentar sus capacidades; brindando herramientas para el desarrollo emocional y espiritual.

Los niños y niñas nos están mostrando nuestras fallas, nuestras propias fisuras… basta de echar culpas. La tarea es de quienes se animen a escuchar mejor, de quienes descubran que en este proceso de cambio, todos ganamos, porque evolucionamos y dejamos de resistirnos. De aquellos que sean tan osados como para respetar sus cualidades distintivas, las encaucen y fomenten. De todos los adultos que descubran que es momento abrir el juego y aceptar el desafío.

Para mamás y papás que se animan

La mente de los adultos se acomodó a diferentes tradiciones y costumbres, que dan un marco cómodo para desenvolverse en la vida. Ocurre que todo esto, para nuestros pequeños/as, es inaceptable. Si nuestro sistema familiar continúa igual, no veremos cambios en el comportamiento de los chicos/as. Es momento de innovar. Acá hay algunos tips para incorporar y crecer juntos:

 

  • Poné el sentir por encima del deber: Date la oportunidad de sentir, de crear un momento al día perfecto. Mates en el patio, lectura cómoda en silencio o la contemplación de un árbol, no importa el trabajo atrasado ni las facturas por pagar. Te merecés una hora al día (por lo menos) de total desconexión con las responsabilidades.
  • Escuchá mejor: En las charlas que puedan surgir con tu hijx, preguntá más, mostrá tu interés. Sin objeciones ni exclamaciones. Dejálo hablar.
  • Cambiá de ambiente: Frente a las negativas o caprichos usuales, quizás al momento de hacer la tarea, proponéle media hora de distracción fuera de lo común: un paseo en bici, un submarino en algún café, trepar un árbol, etc. Pronto, su mente (y la tuya) cambiará obstinación por alegría.
  • Mostrále tu afecto: Sentirse querido y valorado es crucial en la vida de un ser humano. Reconocé sus capacidades, felicitálo más.

 

 

Natalia Ríos
Artículo desarrollado para Revista Mensaje de Texto
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